domingo, 25 de marzo de 2012

No dejes para mañana...




Dice Hume que el futuro no existe, que es pura ficción. Una ficción, ésta, que el ser humano ­—y sólo el ser humano— crea por inferencia a partir de las impresiones de la realidad presente, única fuente verdadera de conocimiento. Esto es: la única posibilidad de conocer el mundo es a través de las impresiones sensibles que nuestro cuerpo recibe y que nuestra mente convierte en ideas abstractas con las que crea, siguiendo un principio de verosimilitud, una serie de posibles consecuencias futuras. Algo así como los libros de “elige tu propia aventura”.

En cualquier caso, estas consecuencias se mueven siempre dentro del terreno de la posibilidad, no de la realidad: llegado ese tiempo futuro en el que nuestra mente había previsto una serie de hechos y acciones, tan sólo una de las posibilidades se convertirá en hecho, mientras que todas las otras que habíamos barajado seguirán siendo ficción; a su vez, este hecho provocará otra serie de posibilidades ficticias entre las que, de nuevo, sólo una será realidad. Y esto ocurre una y otra vez, presentándose como el principio de funcionamiento del ser humano y planteando una gravísima paradoja: dejamos de vivir nuestro presente en tanto presente real, única verdad propuesta por Hume, para convertirlo en mero momento de paso hacia esa ficción que puede, o no, convertirse en realidad. Es decir: desaprovechamos sistemáticamente esa única realidad tangible y verdadera en pro de una mera fantasía. Algo triste, ¿no?

Pongamos por caso que es el último día de nuestra existencia. Como siempre en estos casos, se nos pregunta que qué vamos a hacer con esos últimos momentos, dado que no tenemos que pensar en un futuro; esto es, se nos dice que, por una vez en nuestra vida, no actuemos siguiendo ese principio ficcional de los castillos en el aire, sino siguiendo, simple y llanamente, nuestro deseo. Si os fijáis, de alguna manera, todos y cada uno optamos por cosas que percibimos sensiblemente, y no intelectualmente; es decir, volvemos a ese punto de realidad defendido por Hume —aquí las mentes calenturientas siempre piensan en el sexo; personalmente, yo opto por los deportes suicidas, porque, total, si la voy a espichar en unas horas, ya qué más da esnucarse por ahí.

Ahora, pensemos en ese gran refrán que propone lo de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Realmente, el asunto está muy bien pensado desde el punto de vista de Hume. Lo malo es cómo se enfoca: normalmente, el acto ilocutivo —es decir, la intención de efecto del mensaje— se apoya en un sutil cambio verbal, sustituyendo implícitamente “poder” por “deber”. Esto, a su vez, nos lleva a un cambio radical de la idea del mensaje, dándole la vuelta a la tortilla cosa mala: el hacer hoy lo que debo y no lo que puedo supone posponer lo que quiero en favor de lo que debo, dejando lo que quiero para un mañana que, a la postre, es una ficción. Pongamos un ejemplo: tengo una tarde de domingo libre que puedo dedicar a hacer el vago o el moñas, o a ver una peli o leerme un libro que me apetezca, o que puedo dedicar a estudiar o a leer ese maldito tocho de 700 páginas que me amenaza desde encima de la mesa de trabajo. Si me tomo el refrán con la intención con la que se utiliza normalmente, estudiaré pensando que ya pedorreo mañana, pero si esta noche me cae una maceta en la perola y me mata, habré desperdiciado mi última tarde haciendo algo que no me gustaba por pensar en un mañana que al final no he tenido. Si, por el contrario, dedico mi tarde de domingo a hacer lo que me venga en gana, cuando me caiga la maceta no me importará tanto;  pero, dado que hay pocas probabilidades de que eso ocurra, si no me cae y me he dedicado toda la tarde a perrear por ahí, mañana llegaré a clase con los trabajos sin hacer y la puedo liar parda.

El problema, realmente, viene a que, según el funcionamiento de la mente y la vida humana, necesitamos absolutamente esa ficción prospectiva que llamamos futuro: nuestra vida es tan sumamente complicada, se interrelacionan tantos factores en ella, que necesitamos una estrategia vital que nos garantice que, si hay un mañana —cosa de lo más deseable—, éste sea como queremos que sea; digamos que, existencialmente, somos incapaces de dejar de construir esa ficción para pensar en el presente en tanto presente y vivirlo como ese último día sobre la faz de la tierra. En términos hindúes, diríamos que no nos es posible preocuparnos de nuestro kharma —los placeres— hasta que no tengamos el dharma —las necesidades vitales— asegurado —a menos que seamos funcionarios, claro—.

Por otro lado, si a esto le metemos ciertas teorías literarias, el hecho de que yo dedicara esta tarde a verme una peli o a leer lo que me venga en gana es epistemológicamente más útil que preocuparme de de lo que tengo que hacer, ya que, por lo visto, la literatura nos garantiza, a través de la abstracción de una serie de figuras concretadas bajo el nombre de los personajes, un conocimiento del mundo y de la realidad mucho más verdadero que la vida misma, puesto que en la ficción literaria, al conocer el final, la historia está completa, y el futuro ficcional de la vida real desaparece. En cristiano: nuestro futuro ficcional es ficción porque todavía no conocemos el final, es decir, porque pese a calcular esa serie de posibles consecuencias de los actos presentes, nunca vamos a saber la consecuencia final hasta que no la espichemos; en los mundo ficcionales, en cambio, al haber un final establecido de la historia del personaje, éste se presenta como ejemplo de vida, ya que la cadena de consecuencias de actos está completa, y por tanto nos permite anticipar las consecuencias de acciones que nosotros podemos realizar en nuestra vida real, presentándose así, el personaje, como un modelo a seguir o a evitar. Esto, por supuesto, depende de la historia que leamos o veamos, y del carácter existencial que podamos inculcarle, y que es lo más relativo del mundo: una misma ficción no será interpretada de la misma manera por dos receptores diferentes, ni siquiera por un mismo receptor en diferentes momentos de su vida —prueben si no a leer o ver algo que les gustara mucho de pequeños, a ver qué les parece ahora: yo lo hice con Dartacán y fue una auténtica decepción, pero en cambio con Roald Dahl ha sido toda una revelación—.

En cualquier caso, el pretender un aprendizaje epistemológico a través de las ficciones no elimina el problema de que existe un cierto tipo de ficción muy susceptible de dejar de serlo para convertirse en realidad, y que, a la postre, es el que puede darme problemas. La question aquí, no sería ser o no ser, sino hacer o no hacer, en función de un mañana que no es pero que será. Es más, a través de esas ficciones en las que se postula un principio de comprensión de la realidad, puedo inferir que, si hago caso a Hume, ateniéndome a esa única realidad tangible que es el presente y el deseo inmediato —el carpe diem, al fin y al cabo—, ese futuro que ahora es ficción pero se convertirá en realidad puede adquirir ciertos tintes parduzcos. Si quieren un ejemplo algo más claro, relean la fábula de la cigarra y la hormiga: he aquí el perfecto ejemplo de la explicación de la realidad a través de la ficción, en cuanto a este problema se refiere; lo que, sin embargo, no lo resuelve.

A la postre, lo que venimos a decir es que —como todo en esta vida—, cuando alguien nos dice “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, podemos leerlo de dos maneras completamente opuestas: o seguimos la intención original y convencional del mensaje y hacemos lo que debemos, en vistas a un mañana, o hacemos la interpretación contraria, leyéndolo bajo la idea del carpe diem y citando como autoridad a alguien tan respetable como Hume para dedicarnos a hacer lo que nos dé la realísima gana. Ahora, eso sí: si escogemos esta última opción, debemos ser consciente de sus consecuencias; es decir, si hacemos realidad esta posibilidad de futuro al convertirla en presente, no debemos olvidar que esto nos marca otra serie de posibilidades de futuro que, a lo mejor, no nos gustan tanto. Dicho esto, nos encontramos ante la dura y cruda realidad del libre albedrío y de que, si en el futuro no nos va como quisiéramos, es porque en el presente no hemos optado por la posibilidad correcta. Si esto fuera uno de esos libros de “elige tu propia aventura”, esta sería la opción que te lleva al calabozo o a la muerte; y sentimos decir que esto no es un videojuego con varias vidas, que aquí el game over es game over de verdad. Y, aún así, la pregunta sigue en el aire: ¿vivir la realidad de hoy o soñar una ficción de mañana?

1 comentario:

  1. "Todo es soñar: / el caballito soñado / y el caballo de verdad" ¿no crees?

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