viernes, 20 de enero de 2012

Comentario de un cómic: (y) tema.



Cuando decimos Drácula, se nos pueden venir a la cabeza tres imágenes: la rata diabólica de Murnau; el elegante Bela Lugosi; y el amante maldito de Coppola. Como sobre gustos no hay nada escrito, dejamos al lector elegir. En cualquier caso, estamos con Noël Carroll en afirmar que hay tres elementos en la imagen de Drácula que lo definen y que nunca cambian: tiene colmillos, chupa sangre y viene de Transilvania.

Cuando decimos Azpiri, lo que se nos viene a la cabeza son rubias despampanantes con poca ropa y, quizá, un monstruo enorme, muy cachondo —no me piensen mal, por favor; lo digo en el buen sentido— y bastante puñetero. Se nos viene también un trazo irregular, descuidado, y colores aguados, fuertes sin ser brillantes, cuya expresividad radica en el muy conseguido contraste entre tonos fríos y cálidos; colores entre los que el negro brilla por su ausencia. Para mí, Azpiri significa dos cosas: amarillo y violeta, y fantasía. Fantasía inventada y reinventada, original o versionada, pero fantasía, al fin y al cabo: lo fantástico tiene los colores de Azpiri y nadie me convencerá de lo contrario.

Cuando decimos Forges, bueno... ¿Qué les voy a decir? Forges es el amo del chiste gráfico. ¿Dibujo? Lo básico: narices grandes y ojos pequeños, apenas un monigote en blanco y negro sin ninguna búsqueda de detalle o realismo —¿sombras, profundidad?—. Su punto fuerte, el juego de grosores de un trazo seguro y marcado, a rotulador. Y el chiste, claro: ese bocadillo irónico, ácido y mordaz que contiene un mundo de humor y mala leche, que se ríe de todo ser viviente —y no viviente— que se preste.

Y, ¿qué pasa cuando cogemos una coctelera y echamos estos tres nombres —Drácula, Azpiri, Forges— en ella? Pues ni más ni menos que lo que tenía que pasar: que nos sale, no una gran obra maestra pero sí algo de lo más resultón y divertido, disponible para nuestro deleite gracias a Ediciones B.

Analicemos esto con un poco más de detalle: entre terror y humor, gana el último. Sobre todo cuando es Forges el que se encarga de dar forma y palabra al personaje causante del terror, que si en cierto momento se queja de que no le toman en serio, ya pueden ustedes imaginarse la razón: entre el spanglish vallecano y la “acento” jienense, creo que sobran las explicaciones. Si echaban de menos los chistes con referencia a la actualidad, no se preocupen, que son pocos pero directos. Y, por supuesto, las tres vampiras sacadas de cualquier pueblo de La Mancha —sin necesidad de nombre del que acordarse— no tienen precio.

Con esta tónica, ni qué decir tiene que la fidelidad al texto original es más que relativa, y que corre a cargo casi exclusivo del maestro Azpiri, al que parece gustarle eso de la reescritura de clásicos —versión libre, claro. De hecho, hemos de decir que más que versión libre, lo que tenemos aquí es una condensación. No hay más que contar hojas: entre las trescientas de mi edición —a letra de coge-tres-lupas-y-un-microscopio— y las veinte de este cómic —contando con el tema viñetas y dibujo en lugar de letras y más letras—, ya me dirán si se ha recortado o no. Ahora, eso sí, con estilo: los momentos claves en viñetas grandes y los de tensión en secuencias de pequeñas, jugando siempre con los tamaños y las orientaciones; los cambios de escena —que podrían leerse como finales de capítulo—, a tiempo con los de página. Aquí el texto no desaparece, sino que se representa, se transforma: la tensión, la espera, el traslado espacial…, fragmentos enteros sin avance de la acción que dejan de narrarse con palabras para convertirse en imagen. Condensación sí, pero recortes, los justos y necesarios; nada más.

Sin embargo, aunque nos inclinemos a pensar que ha sido Azpiri el adaptador estructural, a menos que nos tomemos una caña con ambos autores y les preguntemos, esto no será nunca más que conjeturas. Lo único claro, real, y que vemos sin absolutamente ninguna duda, es el contraste de estilo entre estos dos grandes del panorama gráfico nacional. A modo de introducción, hablábamos antes de la diferencias entre el dibujo de uno y otro. Desde aquí, dudamos muy mucho que no exista relación directa entre estas diferencias y el reparto del trabajo: ¿qué mejor que una figura de Forges en un universo de Azpiri para representar a ese monstruo venido desde lugares remotos a nuestro apacible Londres? ¿Qué mejor que la oscura sencillez del blanco y negro rompiendo los esquemas de un mundo de colores, que el trazo fuerte y resuelto en medio de una línea nerviosa y fragmentaria? Cierto que hablamos de un cómic de humor. Cierto también que hablamos del choque de dos figuras prácticamente opuestas. Nadie niega que esto haya sido una payasada —no hace falta más que ver los “extras” de Forges y el avant-propos de Azpiri— cuya idea nació seguramente frente a una barra de bar llena de botellines vacíos. Sin embargo, lo que no podemos decir es que esta payasada haya salido mal: sentido, tiene; buen material, por triplicado; resultado, el buscado. Si lo que esperan es una obra maestra, no se lo recomiendo. Si lo que quieren es pasárselo bien...; el cómic es un vicio caro, pero a veces merece la pena. Ésta es una de ellas.

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