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viernes, 14 de diciembre de 2012

Maternidad espacial






Intelligence? You can give intelligence to a machine. I gave her a soul!


Todo el mundo ha oído alguna vez historias de adolescentes conflictivos: un crío que es una ricura llega a cierta edad y se pone rebelde, contesta y desobedece, llevando a los padres por el camino de la desesperación. Las malas compañías no ayudan mucho e intentar serpararle de ellas no hace sino empeorar las cosas. El mecanismo es propio a la lógica de la edad: todo lo que digan los padres va en mi contra. Ahora bien, ¿alguna vez se les ha ocurrido que estos problemas generacionales ocurren también entre naves espaciales?

Hablamos de Farscape, una serie australiana de aventuritas espaciales con una puesta en escena divina —véanse esas iluminaciones de lo más teatrales y las curradísimas caracterizaciones de la multitud de aliens que aparecen, especialmente de la piba azul— y unos argumentos estupendos (personalmente, la presencia de lo sobrenatural en una serie de ciencia-ficción es algo que me encanta). Si alguna vez escucharon aquello de “el espacio como personaje”, éste sería, sin lugar a dudas el mejor ejemplo. Imagínense: como en toda serie o película de naves, el medio de transporte se constituye como el espacio fundamental —salvo en los capítulos de desembarco— para el desarrollo de la acción, pero ¿y si es una nave biomecánica? ¿Y si es una nave que tiene miedo, que da fallos mecánicos por alergia al polen? ¿Y si es una nave que se queda preñada?

Así es Moya. Una nave biomecánica; un personaje más. Un medio de transporte que desobedece las órdenes del capitán y del piloto porque puede más su instinto maternal que su dedicación al deber o al grupo que forma la tripulación; que llega incluso a atacar a ésta cuando está cabreada; que se para en medio de la nada espacial porque no está de acuerdo con alguna orden o dirección que se le ha dado. Moya, una nave con escudos protectores y capacidad para saltar al hiperespacio (bueno, realmente funciona diferente, pero a la postre es darle a un botón y aparecer en otro punto de la galaxia); un espacio cerrado en el que se sitúan las acciones protagonizadas por los otros personajes; un refugio móvil para una panda de proscritos espaciales.

Y ahora, el bebé: Talyn es concebido no se sabe cómo —culpa del acento australiano, que a veces cuesta; sorry— y tiene un parto complicado, en parte, por las alteraciones genéticas que los malos —una especie de Imperio a lo Star Wars— han realizado en la madre, y que han dado como resultado que el bebé salga armado (no sé a ustedes, pero a mí el asunto me recuerda a Lobezno). Hay que decir que Moya es una nave de lo más pacífica, pero su condición biológica ha sido vilmente aprovechada por estos malotes que persiguen a nuestros protas y que, de hecho, son la causa de la mala adolescencia de Talyn: la diferencia de caracteres entre madre e hijo y sus reacciones contrarias ante las amenazas serán el hilo del que tire el mayor enemigo del prota —que es el único humano, by the way— para abrir brecha entre ellos y llevar a Talyn hacia el Lado Tenebroso de la Fuerza. Lo que les decía: las malas compañías.

Moya está desesperada: su hijo no sólo le lleva la contraria, sino que deja de hablarla. Es entonces cuando el archienemigo —que de hecho luego desaparece para dar paso a uno peor, menos humanoide y más malrollero; que sólo con llamarse Scorpius pueden hacerse una idea— aprovecha para colarse de mediador intergeneracional, ya que él comparte la mentalidad bélica de Talyn, y ya de paso comerle la cabeza y volverle totalmente en contra de la madre. ¿Que cómo los protas dan a este elemento tal voto de confianza? Pues porque son unos panolis seguidores de Rousseau, que así se meten en los marrones que se meten, claro. Y así pierden a Talyn, que un buen día decide que se las pira con su nuevo mejor amigo, dejando a todos patidifusos y a la pobre Moya al borde de la depresión profunda.

A todo esto, decir que estas naves biomecánicas son biológicamente una pasada pero intelectualmente bastante básicas, como queda claro cuando se comentan los sentimientos de Moya o cuando, en cierto capítulo, la desgraciada madre realiza una comunicación lingüística que nada tiene que envidiar al famoso «Yo Tarzán; tú Jane». De ahí la fortaleza del instinto maternal de Moya, que en medio de un campo de asteroides y con toda la flota de Peacekeepers rondando —los del Imperio, vamos—, pretende ir por ahí pegando gritos en busca de su retoño; de ahí la facilidad del malo para camelarse a Talyn con cuatro cucamonas militares y un par de piropos a sus dotes armamentísticas. Aclaro esto porque, ya que hablamos de reproducción animal, deben ustedes saber que, a efectos de capacidad e independiencia de las crías de nave espacial, la de Taleyn es equivalente a la de un caballo: nada más nacer, ya puede volar solito. De hecho, creo que sólo tarda un par de capítulos en pirárselas, porque además el chico es listo y aprende lo de la hipervelocidad mucho antes de lo que nadie se esperaba (para doloroso orgullo de su madre).

Lo de quitarse al offspring de enmedio es, obviamente, un recurso narrativo: los problemas de maternidad espacial pueden ser una línea argumental válida —y de hecho, fascinante—, pero no permanente. Aun así, Talyn sigue haciendo reapariciones ocasionales, como en uno de los últimos capítulos que he visto, en el que unos de por ahí se quieren cargar a Moya por un ataque de Talyn, que se dedica a hacer gamberradas con el malote por toda la galaxia y luego, claro, le echan la culpa a la madre por no haber sabido educarle como debe. Y es que, incluso en ambientes espaciales, la madre tiene siempre esa responsabilidad de la educación en valores para con sus hijos y de la que, todo sea dicho, muchas madres de hoy en día no son conscientes. Talyn podría convertirse así en un modelo de conducta de lo más actual y representativo pero Moya está, en este caso, disculpada, ya que todos los problemas responden no a su falta de interés o de esfuerzo —que les aseguro que la pobre nave hace todo lo posible por convencer a su hijo de quedarse con ella y los buenos—, sino a las manazas perversas de esos malos que, al alterarla genéticamente, producen un pequeño monstruito de terquedad incontrolable y cierta tendencia a la violencia. Lo que sí es representativo de la relación de los adolescentes con los padres es la falta de comunicación: Talyn, en su obtusidad adolescente, sólo escucha al malote, con quien comparte la visión bélica del mundo.

Resumiendo un poco, lo que narrado vía lingüística —por medio de palabras— puede resultar de lo más normal, visto en una serie en la que los protagonistas de este drama adolescente son dos naves espaciales, cambia mucho. El carácter biológico de Moya es, sin duda, uno de los grandes aciertos de esta serie y, pese a que su maternidad sea el signo más relevante —¿alguna vez se habló de algo parecido en referencia a la TARDIS?—, constantemente se alude a este carácter biológico, tanto en los problemas de funcionamiento de la nave como en una voluntad propia que, muchas veces, entra en conflicto con la de sus tripulantes. El concepto de una nave viva; una nave que puede llevar la contaria, que puede tener enfermedades, que puede reproducirse y dar a luz, es simplemente fascinante. Ahora bien, la pregunta es si de verdad se necesita ser australiano y vivir cabeza abajo para que se te ocurran esas cosas. Porque, de ser así, yo ya estoy haciendo las maletas y yéndome a vivir con los canguros.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Al habla Debra Morgan



Aviso a navegantes: El siguiente texto gira en torno a palabras malsonantes que pueden herir su sensibilidad.


­***


Are you kidding? I can give a fuck with your fuck. Just don’t fuck with my investigation, you fuck.


A Debra Morgan, hermana de Dexter, se la conoce por un rasgo muy claro: es malhablada hasta decir basta. Sin embargo, si nos paramos a escucharla, vemos que su repertorio de improperios se reduce a un abanico de vocabulario más que limitado: fuck y derivados. Que esto sea consecuencia de la dinámica propia a la lengua inglesa basada en la polisemia —esto es, una misma palabra con tropecientos significados— o rasgo propio del personaje, no viene al caso. Lo que sí viene es, precisamente, la problemática que esto plantea en una traducción al español, lengua que se caracteriza por un vocabulario extenso y por la matización que cada palabra aporta al campo semántico al que pertenece.

Dejemos a un lado el hecho de que, en el doblaje de una serie o película, o incluso en el añadido de subtítulos, prima un principio de economía basado en el tiempo y en la coordinación entre una imagen que lleva un ritmo lingüístico determinado, y la superposición de otro ritmo lingüístico que, por lo general, requiere más tiempo. Normalmente, se dice que la traducción de un texto inglés da un texto en español un 20% más extenso, descuadre que, en el caso del doblaje, se presenta en el tiempo —la pronunciación o el diálogo— y no en el espacio —el número de líneas o páginas—. Obviamente, este principio de velocidad subordina a aquel en el que aquí estamos más interesados: el del significado real de la expresión; dicho de otra manera, la traducción correcta en función de su matiz semántico, y no la necesaria en función de la economía temporal, que es la que seguramente oiremos en la serie.

Decíamos, pues, que Debra Morgan tiene un repertorio de tacos tan pobre que se reduce, prácticamente, a una palabra. Sin embargo, a pesar de que prácticamente una de cada cuatro palabras que suelta sea esa, no podemos decir que su discurso sea incoherente o ininteligible; muy al contrario, creo que para los que no somos angloparlantes nativos, hasta nos hace un favor. En cualquier caso, esto plantea un problema a la hora de traducirlo, ya que en español es absolutamente imposible la fidelidad de forma y contenido a un mismo tiempo; es decir, si fuck se ha traducido primeramente por “follar” y, en segundo lugar, por “joder”, no podemos decir que siempre que aparezca la palabra inglesa, la expresión correspondiente en español haga referencia directa a estas dos formas. No nos olvidemos de que, cuando en una serie americana oímos una traducción tipo “jodido idiota” —fucking idiot­—, nos puede sonar natural a fuerza de costumbre, pero nosotros, hablantes nativos de español, jamás utilizaríamos esa expresión: se trata de un anglicismo, una traducción extranjerizante que obedece, las más de las veces, a la priorización de otros factores sobre el lingüístico.

Dejando a un lado algunos usos a los que ya estamos acostumbrados —What the fuck? como “¡Qué coño!”, o Don’t fuck me! como “¡No me jodas!”, e incluso el uso verbal que ya hemos explicado—, veamos algunas de las traducciones posibles en el diálogo de nuestra querida malhablada Morgan. La cita era: “Are you kidding? I can give a fuck with your fuck. Just don’t fuck with my investigation, you fuck.

Según el diccionario, to give a fuck significa “importar un pito, una mierda o un carajo”. Personalmente, yo siempre me quedo con lo de “carajo”, porque, a efectos de agresividad, creo que está en el término medio. En cualquier caso, esta triple opción da lugar, primero, a esa desaparición de la palabra original inglesa y, por supuesto, de su connotación; después, a una posibilidad de elección del término condicionada por factores extralingüísticos, esto es, del contexto de emisión del mensaje —en este caso, la escena concreta de este diálogo, en la que Debra se pelea con su ex, Quinn—. Hablamos aquí de gustos personales, pero también de la relación existente entre hablante y oyente, cariz de la conversación y nivel de agresividad. En este caso, por ejemplo, yo optaría por “me importa una mierda”.

El segundo fuck que aparece responde al uso nominativo de la palabra, es decir como nombre. La traducción más utilizada es la de “polvo”, y creo que en este caso es la más acertada. La frase entera quedaría parecida a esto: “Me importa una mierda tu polvo”. Hemos de decir, para que el lector no se pierda demasiado, que ese polvo es el que Quinn ha echado con una testigo del caso. Entenderán ahora la primera elección de la traducción: el cabreo de Debra se debe tanto a que su ex se haya liado con otra como a que ese polvo les ha jodido la investigación.

En el tercer caso ­—don’t fuck with my investigation— volvemos a ese uso primigenio en el que la traducción mantiene la idea sexual y la vulgaridad de la expresión del inglés, es decir, “joder” en su uso verbal. De hecho, la complicación en la traducción de esta frase proviene más de la estructura gramatical que de la palabra en sí, barajando diferentes opciones como “No me jodas la investigación” o “No jodas mi investigación”. Si nos queremos poner pejigueros, podemos además señalar la diferencia semántica de cada una de las opciones: mientras que en la primera a quien se jode es a la hablante a la hora de realizar la investigación, en la segunda lo que se jode es la investigación misma. Como no soy traductora y esto no lo va a ver ningún público, en este momento nos da un poco igual coger una u otra, así que ahí queda.

Por último, encontramos un you fuck en el que el uso de esta palabra es adjetival. Posibles opciones serían insultos tipo “capullo”, “gilipollas”, “cabrón”, etc., en los que la mayor diferencia que podemos encontrar es, como en el primer caso, el grado de agresividad que se busca. Para ello hay que tener en cuenta la relación de los dos participantes de este acto de habla —en cristiano, los dos personajes de la escena—; es decir, que estaban tan ricamente liados y han roto porque él la ha jodido proponiéndole a ella matrimonio —los hay sin luces, oye—, y que él acaba de liarse con una testigo por puro despecho, poniendo en peligro una investigación tocha; a grosso modo, podemos decir que todavía hay cariño pero también un cabreo del copón. Dicho esto, “capullo” me parece demasiado suave —además de que en inglés mismo hay otros términos con ese mismo nivel de agresividad, pero que Debra Morgan no tiene por qué conocer—, pero “cabrón” me parece excesivo si se dice en serio entre dos personas que parece que todavía se quieren —y no digamos “hijo puta”, que también sería factible—. Personalmente, yo optaría por “gilipollas”, pero, obviamente, ahí entramos en cuestiones de gustos personales y de percepciones subjetivas del significado del término y de su matiz en la escala de gradación de los insultos españoles.

De esta manera, nos quedaría una traducción parecida a ésta: “¿Me estás vacilando? Me importa una mierda tu polvo. Simplemente, no jodas mi investigación, so gilipollas.”. Sea o no una buena traducción —lo dicho: yo no soy traductora; ni ganas— y dejando al margen ciertos detalles que no vienen al caso —lo de “vacilando” y el “so”—, vemos cómo, en español, en ningún caso hemos repetido la palabra. Cierto que se mantiene el registro vulgar y, en tres de los cuatro casos, la connotación sexual, pero, en nuestra lengua, lo más natural es diferenciar los valores semánticos —de significado— por medio de diferentes términos; esto es, frente a la polisemia del término inglés, la riqueza de vocabulario del español. Una polisemia, ésta, que antes proponíamos como inherente al idioma en sí, puesto que el inglés, si se han fijado, tiende a utilizar una misma palabra de cien maneras diferentes; no hay más que ver cómo, en dos simples frases, fuck aparece con valor nominal, adjetival, verbal y de frase hecha.

Por supuesto, esto puede dar pie a considerar el inglés como una lengua primitiva, pobre de vocabulario, frente a la riqueza lingüística del español, pero no debemos olvidar que, por las mismas, se puede considerar el español como una lengua excesivamente barroca, en la que —al igual que en ciertos puestos administrativos— se repiten los contenidos semánticos de manera absurda, desafiando a una de las primeras leyes del lenguaje: la economía. Podríamos decir entonces que la mayor diferencia semántica entre ambas lenguas es su eje de funcionamiento: en el inglés, la polisemia, y en el español, la sinonimia; esto es, en el primer caso, una palabra con muchos significados y, en el segundo, un mismo significado en muchas palabras. Dicho esto, sólo nos quedaría pensar hasta qué punto esta diferencia determina el uso lingüístico de cada idioma, sea en poesía, en chistes, o mismamente a nivel cotidiano. Pero eso es meterse en camisas de once varas y no estamos aquí para eso. Dadas las claves, discurran ustedes.