lunes, 5 de noviembre de 2012
Zombies y otros sustantivos adjetivados
Lunes por la mañana. Sol de invierno. Café en el campo de batalla.
A propósito de Death snow: ¿si una panda de nazis la espichan y vuelven años después como zombies, son zombies nazis o nazis zombies?
(Hay discusiones que sólo pueden surgir entre filólogos...)
viernes, 2 de noviembre de 2012
De fénix y unicornios
Mais ce qu’il y avait de plus admirable à
Babylone, ce qui éclipsait tout le reste, était la fille unique du roi, nommée
Formosante. Ce fut d’après ses portraits et ses statues que dans la suite des
siècles Praxitèle sculpta son Aphrodite, et celle qu’on nomma la Vénus aux belles fesses. Quelle différence, ô ciel ! de l’original
aux copies ! Aussi Bélus était plus fier de sa fille que de son royaume. Elle
avait dix-huit ans : il lui fallait un époux digne d’elle ; mais où
le trouver ? Un ancien oracle avait ordonné que Formosante ne pourrait
appartenir qu’à celui qui tendrait l’arc de Nembrod. Ce Nembrod, le fort
chasseur devant le Seigneur, avait laissé un arc de sept pieds babyloniques de
haut, d’un bois d’ébène plus dur que le fer du mont Caucase, qu’on travaille
dans les forges de Derbent ; et nul mortel, depuis Nembrod, n’avait pu
bander cet arc merveilleux.
Aquí el amigo
Voltaire. Voltaire es uno de esos tipos franceses empelucados del siglo
XVIII que nos pintan de malísimos porque quieren enseñarnos y educarnos a
través de la literatura. Lo que no nos cuentan es lo hace con una de cal y una
de arena, que se nos alterna una princesa que viaja en grifo con un huevo de fénix en
el bolsillo —quien haya leído El
prisionero de Azkaban sabe de qué estamos hablando—, con una disertación
sobre la resurrección de las almas en humanos y animales digna de la choni de Ciudad K. Lo que no nos dicen es que,
junto a un príncipe azul montado en un unicornio y sacado directamente de las
novelas de caballerías, encontramos una defensa del vegetarianismo y del
respeto mutuo con ligeros ecos de derechos humanos, aliñados con toques de
abolición estamental y monarquías democráticas. Lo que no nos cuentan es que al
señor Voltaire le pasó con la Semana Santa sevillana lo mismo que a los de Mission Imposible II, pero con la
Inquisición de por medio.
Lectura recomendada en las colecciones de literatura
juvenil, las aventuras de Formosante, que recorre el mundo en busca de su amado
Amazan —el del unicornio—, pueden plantearse como un popurrí de literatura
clásica, a caballo entre la Eneida y
las Fábulas de Esopo, con una ambientación
de lo más maravillosa y una crítica socio-política de lo más sutil. Formosante
viaja siguiendo a su amado —que por el chascarrillo de un mirlo cree que ella
le ha puesto los cuernos—, y recorre países y ciudades de lo más exóticas, encontrando
en cada una una serie de personajes que la instruyen; o, por lo menos, que la
instruirían si ella no estuviera tan preocupada por encontrar a Amazan. (Estos adolescentes...) Así, mientras
en Babilonia se cuece una guerra por el quítame-allá-esas-pajas de los
pretendientes rechazados —amén del amante de la prima de Formosante, que se
cree heredera del trono por líos familiares a la shakespeariana—, ella pasa por
China y Cimeria, imperios de la tolerancia de creencia y de una justicia social
que recuerda el lema del drapeau
galo. Hasta ahí las sutilezas, porque de repente cambiamos de protagonista y,
con Amazan —dolorido corazón traicionado; vencedor del arco de Nembrod y de un
terrible león— el viaje deja de ser por ciudades míticas —razones universales— y
se convierte en un recorrido por Europa, sacando los trapos sucios de los
Países Bajos —los que no crean nada pero tienen la patente de todo—, Inglaterra
—divino, el pasotismo de milord What-then—,
Alemania —filosofía y razón, pero una frialdad personal de lo más molesta—, Italia —la fiesta permanente de los
niños de Europa— y España. Ahí, quizá, es donde el cuento deja de ser tan
cuento y, malgré el humor de la
narración —un tanto negro— y los fénix y unicornios, Voltaire nos la mete doblada uno a uno. (Repito:
eso de que se acuse a la princesa de bruja por hacer negocios con judíos y se
la denuncie a los «druides rechercheurs
anthropokaies», pega duro al orgullo de raza.)
Lo peor, sin duda, un final digno de Pérez-Reverte:
precipitado y mal atado, no es de extrañar que las dos últimas páginas sean un captatio benevolentiae en el que Voltaire
aprovecha para decirnos el pecado y el nombre del pecador, retando a toda la
censura de la Inquisición y de la Academia Francesa en una estratégica desviación de la atención hacia enemigos externos para disimular los errores propios. Servidora,
que viene de leer lo que viene de leer —y esta perífrasis es un galicismo
calculado, oigan— no puede menos que acordarse de ciertos molinos de novela,
pero también de cierto tipo duro de esos que, ellos solos, se cargan a todos
los malos y no miran atrás en las explosiones (pero con peluca, que les recuerdo que estamos en el XVIII). En cualquier caso, afirmaciones como «ne manquez pas de dire dans vos feuilles,
aussi pieuses qu’éloquentes et sensées, que la Princesse de Babylone est hérétique, déiste et athée», pican
la curiosidad sobre el tipo de relaciones que el señor Voltaire mantenía con
esos castillos de la sabiduría y del buen gusto de la época. Más aún, pican la
curiosidad entre, precisamente, esa intención didáctica-moral que dichos
castillos defendían y la forma de llevarla a cabo que proponían, ya que no cabe
duda de que es en este último punto donde nuestro amigo franchute discrepaba con sus jefes porque, ¿quién se va a creer que un pájaro hable? ¡Eso no es real! ¡Eso no es verisímil! ¡Eso no se debe publicar por muchas verdades que diga y por mucho que eduque! Personalmente,
si me permiten la impertinencia, yo soy de aquellas que cree más la palabra de
un fénix que la de una persona: quieran que no, la persona piensa como persona
y por tanto no es objetiva, pero el fénix...; eso ya es otro cantar: si lo dice un fénix, tiene que ser cierto.
sábado, 27 de octubre de 2012
Not-happy endings
Te agradezco este silencio. Nada odio más que la hipocresía. Y en cuanto a eso de las alucinaciones, he de decirte que todo cuanto percibimos no es otra cosa, y que no son sino alucinaciones nuestras impresiones todas. La diferencia es de orden práctico. Si vas por un desierto consumiéndote de sed y de pronto oyes el murmurar del agua de una fuente y ves el agua, todo esto no pasa de alucinación. Pero si arrimas a ella tu boca y bebes y la sed se te apaga, llamas a esa alucinación una impresión verdadera, de realidad. Lo cual quiere decir que el valor de nuestras percepciones se estima por su efecto práctico. Y por su efecto práctico, efecto que has podido observar por ti mismo, es por lo que estimo lo que aquí me sucedió y acabo de contarte. Porque tú ves bien que yo, siendo el mismo, soy, sin embargo, otro.
Recuerdo que, cuando leí Promethea,
no me gustó el final —demasiado obvio; demasiado fácil—. Se nota que Moore es
inglés: en España, los paladines de la imaginación son vencidos; muertos por
enemigos que ellos mismos han creado.
Por si no lo han notado, esto es un spoiler: al final de la segunda parte, Don Quijote es vencido. Es vencido
en una playa, junto al mar. Un caballero de reluciente armadura y gallarda
montura —que parece salido de las mismísimas aguas— le reta a singular batalla
y don Quijote —viejo, demacrado, cansado— es derribado de Rocinante. Como vencido,
ha de deponer las armas y volverse a su aldea. Ya de camino, pretende dejarlas
colgadas en un árbol y habla de dedicarse a la humilde profesión pastoril,
trocando su nombre por el del pastor Quijotiz: con ello comienza su agonía, que
desembocará en la muerte.
Don Quijote muere en batalla, pero tiene la mala fortuna de
que Alonso Quijano sobreviva. Renace así la antigua lucha que entre los dos
había, pero quiere la mala suerte que el andante caballero, atadas sus acciones
por la palabra dada, sea vencido de su otro yo. Doble derrota la suya, pues al
duelo caballeresco se añade el duelo del ser
y querer ser, de la seguridad del yo
y de la realidad; de la condena de un deber
ser no deseado.
En cierto momento, don Quijote admite que tiene «alborotado
y trastornado el juicio». Lo dice don Quijote, no Alonso Quijano: lo dice el
aventurero, el caballero andante, no su alter-ego,
hidalgo de cincuenta y tantos, de sana vida y ejemplar; aquel al que todo el
mundo parece echar de menos. Don Quijote —vencido, condenado por la misma ley
que defiende—, se ve desaparecer a sí mismo: su caída no ha sido sólo la de un
cuerpo en armadura, sino la de un modo de ver las cosas, de enfrentarse a la
vida. El flamante caballero es un espejo del querer ser de nuestro protagonista; una imagen que le vence, que le
hace dudar de sí mismo. Don Quijote no sabe ya quién es, ni qué es, ni qué
hacer: su objetivo le ha sido duramente prohibido y el caballero andante va desapareciendo
poco a poco hasta dejar a Alonso Quijano tomar el control. Quien muere en el
lecho, rodeado de los suyos —que le lloran, llamando inútilmente a ese don
Quijote de quien antes tanto renegaran—; quien hace testamento cabal —prohibiendo
terminantemente a su sobrina casar con un aficionado a las caballerías— es
Alonso Quijano: muerto don Quijote —¿cómo resucitarle tras haberlo vencido,
tras haberlo matado?—, tan sólo en los delirios anteriores a la muerte corporal
vuelve el hidalgo lector, débil sombra del caballero, necesaria pero incapaz
por sí misma. Cuerpo con dos almas, es la de don Quijote la única con motivo
para seguir viviendo pues, ¿qué se da un ardite ser señor de su casa y realizar
labores menudas, pudiendo ser llevado de la Fortuna a desfacer agravios,
enderezar entuertos, amparar doncellas y a vencer batallas por todo el mundo?
¿Qué vida es la de Alonso Quijano, sino la de la estoica aceptación del Destino
y la pasiva espera de la Muerte, sin otra acción que la impuesta; sin otra fama
que el vulgar nombre heredado del padre, que heredará la sobrina? ¿Qué sentido
tiene ser lo que se es y no lo que se
quiere ser? Quijano muere porque ya
no es capaz de vivir sin don Quijote; porque es su otro yo quien tiene las
fuerzas y razones para vivir, no él: muere por necesidad.
Difícil situación: romántico empedernido, don Quijote muere
en batalla; cansado y sin voluntad, Alonso Quijano se deja morir. Podríamos citar
a Nietzsche y hablar los peligros del nihilismo; podríamos nombrar a Platón y ejemplificar
la ceguera que produce la luz, al mirarla por primera vez. (Hay quien dice que
la mucha luz es como la mucha sombra, que no deja ver.) Podríamos recordar a
Fastaff y al Peter Pan de Hook.
La última batalla de don Quijote parece sacada de una novela
de caballerías. Poco difícil es imaginar la escena de la playa: la sorpresa del
caballero andante ante el desafío del de la Luna. Con ese nombre y esa planta
—esa media luna en el escudo; las elegantes plumas en el yelmo—; con ese
escenario; con esa carencia de introducción —en la segunda parte, Don Quijote
deja de ser autor de sus aventuras para convertirse en simple personaje—, un
caballero comparable al mismo Lancelot no puede sino vencer al de Cervantes. Maltratado
por el hambre y las noches al raso, dudoso por las burlas y fingimientos,
desencantado por la pérdida de Dulcinea, lo único que necesitaba esta parodia
de héroe es, precisamente, encontrarse un héroe real; un héroe que le supera en
imagen, en fuerza, en determinación. Un héroe que, sin serlo —y sin esperarlo
don Quijote—, le derriba de su caballo de batalla; de las locuras e
imaginaciones que le dan la fuerza y la voluntad de vivir. La intención del
Sansón Carrasco es buena —o él piensa que lo es—: sólo quiere que Alonso
Quijano regrese. Lo que no sabe —lo que nadie comprende hasta el final
irremediable— es que Alonso Quijano se fue porque ya no tenía nada que hacer, su
vida ya no daba más de sí; y que haciéndole volver —venciendo a don Quijote— no
conseguiría sino alcanzar en el plano corporal lo que ya aconteció en el alma,
que es la muerte de ese amigo al que pretende ayudar. Don Quijote —que no nació
en este mundo tangible, que no pertenece a él— encuentra en el Caballero de la
Luna la realización de un yo ideal imposible: dura prueba especular que no
todos los caballeros superan; especialmente en este secarral estéril de nuestra
geografía española. Don Quijote, paladín de la imaginación, es vencido por un
ideal realizado, impuesto desde un exterior de realidad; es vencido por un
enemigo nacido en el propio seno de su locura: amarga idiosincrasia ibérica en
la que, por mucho que nos rebelemos, prima siempre el ser al querer ser y se
impone la realidad sobre la imaginación.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Palabras de ausencia
El profesor Souto
aventuraba que las palabras, elemento fundamental que la especie humana ha
construido para comunicarse, sobreviven solamente por un permanente y violento
esfuerzo de la memoria, mantenido sin desfalleciemiento en lo más íntimo de
cada ser desde que va conociendo los primeros rudimentos de la lengua. Un desmayo
de esa secreta voluntad y el súbito olvido hará que todo el gigantesco castillo
de las palabras, artificioso, ficticio, pierda su imposible coherencia y se
desmorone. (…) Venía a decir que también las palabras escritas eran, sin duda,
producto de una voluntad poderosa e inconsciente, que reflejaba en el interior
de cada uno el propósito colectivo de que aquellos signos gráficos tuviesen un
significado que trascendía inmensamente su forma; un significado que, al
convertirlas en una denominación reconocible y aceptada, era no sólo la
verdadera señal de la existencia de las cosas del mundo, sino el propio emblema
mágico que las hacía existir.
Dicen que el pensamiento nace a la par que el lenguaje, que
sólo puede desarrollarse una vez la cosa
tienen un nombre, una representación —fónica, gráfica— de sí misma que permite su
comunicación in absentia. Dicen,
también, que el concepto —abstracto en sí mismo— sólo tiene existencia física
dentro de esa representación comunicativa, puesto que nace en un interior intelectual
—individual por definición— que sólo se exterioriza por medio del lenguaje y
del discurso. El pensamiento abstracto, por tanto, depende del lenguaje, pero
el mismo lenguaje se configura en torno a ese pensamiento: el hecho de que todo
concepto abstracto sea femenino en francés, o que en inglés se utilice la misma
forma para el significado “voluntad” y la forma verbal del futuro conllevan no
sólo una forma de expresión, sino una forma de concepción del mundo.
Dicen, así, que el mundo es creado por medio del lenguaje:
el sueño americano parte de un relato escrito por cierto navegante que un día
encontró unas tierras desconocidas y quedó maravillado, no pudiendo comunicar
ese nuevo mundo más que con palabras pertenecientes al viejo, escogiendo entre
ellas las más hermosas, las más favorecedoras, y creando así un nuevo paraíso
terrenal al que sus lectores aspiraron a ir. La necesidad de comunicación de
una realidad para la que no había lenguaje adecuado fue pues la causa de la
creación de un nuevo continente cuya imagen mítica —¿literaria?— despertó
sueños dormidos de futuro y felicidad, provocando movimientos enteros de
migración; cambios drásticos de vida en busca de una promesa imposible de cumplir.
El cuento del navegante, su pintura lingüística, crearon un mito que aún hoy,
cinco siglos después, pervive en el imaginario de todo un planeta.
¿Qué pasa, sin embargo, si esta fe desaparece, si el sueño
muere? ¿Qué pasa si dejamos de creer en ese lenguaje que hace posible el mundo?
¿Desaparece el mundo? ¿Desaparece el lenguaje? ¿Desaparecemos nosotros,
animales racionales, definidos primeramente por medio del nombre de pila, del
de familia? Dicen que la era de la comunicación es también la de la
incomunicación: demasiadas posibilidades abruman, aíslan, enmudecen al
individuo. La relación cara a cara está siendo sustituida por relaciones
virtuales y en los cafés el silencio entre dos tazas se llena de sonidos de
teclas de móvil: existencia escrita y distante que anula la cercanía del discurso
oral, grabando en una memoria impalpable palabras que debería llevarse el
viento, que deberían ser olvidadas, y que sin embargo quedarán fijadas para
siempre, invariables e impertérritas como pruebas irrefutables de abogado
acusador: «Dijiste esto»; «Escribiste lo otro». Y en los cafés, silencio y
distancia; incomunicación. El gesto, la mirada, la risa del directo quedarán olvidadas en el brillo de la pantalla
y de la sucesión de letras, de la tristeza del discurso puramente lingüístico, abstracto
y parcial, frío y embustero. Apenas nuevos códigos de expresión facial —dos
puntos y paréntesis; XD— que codifican y sustituyen pobremente una risa
cristalina o basta o sincera, una ceja escéptica levantada, unos ojos de
sorpresa que cambian con cada interlocutor y que el mensaje escrito despersonaliza,
unificando todas las expresiones en una. Y, poco a poco, el silencio nos
convierte en personajes: yoes escritos y normalizados, codificados bajo un
correlato gráfico que va perdiendo su sonido y su ritmo, su cadencia y
entonación; correlato limitado y que limita, separa, incomunica. Silencio en
los cafés y desaparición de la realidad tangible; y en la era de la comunicación,
comunicación virtual, existencia virtual, relaciones virtuales, yoes virtuales.
Y en la lengua, creadora de esa nueva existencia, “virtual” aparece enlazado
con “ficticio”. Y el yo —el yo narrador; el yo discursivo— no es más que el yo
lingüístico de ese mundo virtual; no es más que el yo ficticio de un correlato
lingüístico, literario; yo ausente del otro, del lector, del receptor de esa
cadena de signos aleatorios y al que sólo conozco por una cadena como la mía. Y
el yo y el otro no son más que ficciones escritas. Y en los cafés, silencio;
silencio y ausencia; incomunicación.
sábado, 22 de septiembre de 2012
EFL: la inmersión lingüística de Van Helsing
Aha, my pretty miss, that bring the so nice
nose all straight again. This is medicinal, but you do not know how. I put him
in your window, I make pretty wreath, and hang him round your neck, so that you
sleep well. Oh yes! They, like the lotus flower, make your trouble forgotten. It
smell so like the waters of Lethe, and of that fountain of youth that the
Conquistadores sought for in the Floridas, and find him all too late.
Atención para los que no
saben inglés: esto está lleno de fallos lingüísticos. Más concretamente,
los fallos que Bram Stoker supone en un holandés con, digamos, un B1 bajo de
inglés. Agramaticalidades aparte —género de los pronombres y conjugaciones de
la tercera persona, sobre todo, pero algún detalle más—, la frase breve y
simple denuncia un tufillo a bajo nivel que, cuando al final del libro Mina
Harker afirma que “the Professor knows
something of a great many languages” (c. XXVI), lo que hace es
corroborarnos que Van Helsing sabe lo justo y necesario para comunicarse, que no
para sacarse el FCE.
Realmente, no es de extrañar que su inglés no sea perfecto:
este holandés cazavampiros aparece en Londres ante la llamada desesperada de su
antiguo alumno, John Seward (c. IX), que ha estudiado con él en Amsterdam, de
lo que se deduce que Seward sabe holandés, pero no que Van Helsing sepa inglés.
Su primera carta ya lo confirma; sus speeches
no dejan lugar a dudas: el inglés del sabio profesor es macarrónico hasta decir
basta.
Podríamos decir que esta estrategia lingüística —es increíble
la importancia que Stoker da a las lenguas extranjeras: desde la incomunicación
de Harker en Transilvania hasta la preocupación del Conde por su acento
extranjero, pasando por la escritura fonética de las clases bajas inglesas—, es
bastante coherente con el personaje, recordándonos en todo momento que es el
único de lengua materna no inglesa (salvo en los cuatro capítulos de
presentación, el Conde habla bien poco hasta la fase de enfrentamiento, especialmente
los capítulos XXI y XXIII). Lo que ya no es tan coherente es que, justo en el
momento clave, de repente Van Helsing hable con un C1 alto, así por la cara
(véanse las parrafadas explicativas sobre el vampiro en los capítulos XVI y XVIII).
Personalmente, creo que la única explicación para esta
rápida mejora del inglés de Van Helsing es la inmersión lingüística. Tengamos en
cuenta que el primer discurso conocido del profesor es una carta fechada el 2
de septiembre, cinco días antes de su llegada a Londres para un viaje de ida y
vuelta, casi en el mismo día, y en la que el profesor nada tiene que envidiar
a Tarzán. El 9 de septiembre regresa cargado de ajos y con pretensión de quedarse,
hasta que, por alguna urgencia no explicada, regresa a Amsterdam el 17, noche
fatídica para Lucy por problemas de comunicación entre ambos científicos (vamos, que si en esa época hubiera habido móviles, adiós a la mitad de Drácula). Si normalmente se dice que los
personajes evolucionan psicológicamente a lo largo de una novela, el progreso
lingüístico de Van Helsing esa semana (de donde sale la cita de ahí arriba) es
casi nulo. Ahora, que el de los siguientes diez días es toda una revelación:
para el 29 de septiembre encontramos un discurso perfecto sobre la infección
del no-muerto que deja a sus interlocutores —entre ellos al lector— patidifusos.
Perfección, todo hay que decirlo, reservada exclusivamente a este tipo de
explicaciones/parrafadas, porque en cuanto habla en una conversación normal se
le baja la adrenalina y, de nuevo, encontramos agramaticalidades a mansalva.
(Sigo diciendo que Bram Stoker no tenía demasiado claro que en holandés existen
los géneros y que, como en cualquier idioma, hay concordancias de nombre y
pronombre que, dudo mucho, un tipo como Van Helsing olvidara tan a la ligera.)
En cualquier caso, si el lector se va fijando, a lo largo
del libro estos vaivenes de nivel van corrigiéndose poco a poco. Obviamente, no
pueden desaparecer, pues si no se nos olvida que el sabio es extranjero, pero,
si se fijan, las oraciones tienden a ser más complejas, evolucionando a nivel
de la expresión —que no de la gramática—. De vocabulario nunca ha habido
problemas: Van Helsing adopta no ya expresiones hechas inglesas, sino también
americanas (otro detalle donde Stoker mete bastante caña lingüística). Así,
para el 4 de noviembre —remember,
remember…— encontramos un memorándum que roza la perfección exigida en el
Proficency: un mes de estancia en Londres —hasta el 12 de octubre— y otras tres
semanas de viaje con ingleses no pueden menos que disparar la velocidad de
aprendizaje de la lengua inglesa, y Van Helsing demuestra su progreso
escribiendo, por primera vez, un diario bastante más legible que aquellas
cartas iniciales del capítulo IX. Hay que decir que, por supuesto, nada tiene
que ver el discurso oral y el escrito, pero si bien el primero cuenta siempre
con ese elemento de improvisación que, parece ser, tan mal le va a nuestro
holandés, a la hora de escribir se corrige: las estructuras sintácticas siguen
siendo extranjerizantes —o por lo menos, inusuales—, pero toda traza de fallos
gramaticales desaparece; la sintaxis tiene ya la complejidad propia de un C1 y
el perfecto uso de los conectores y de ciertos organizadores del discurso
relativamente delicados hacen de esta redacción un claro ejemplo de las
maravillas de la inmersión lingüística a la hora de aprender un idioma
extranjero.
Es curioso que en uno de los grandes libros del gótico
inglés —para mí, el mejor; incluso si ampliamos al terror en general—, tanto el
malo como el salvador sean extranjeros llegados a Londres: aquí los ingleses no
sirven más que para ser las víctimas. Una pena que no se desarrolle tanto el
discurso del Conde, pero, como monstruo, si se le da la palabra se corre el
riesgo de humanizarlo demasiado. De todas formas, para tres veces que habla
tampoco se le nota demasiado lo de que es extranjero —nota: atención al tema
del acento en la película de Coppola— lo cual, como se ha dicho antes, el apunte lingüístico queda
así reducido a dos detalles fundamentales: la deficencia de las clases
bajas y el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista gracias a una
estancia de inmersión como las que tanto se defienden hoy en día. El resto —alusiones a la incomunicación,
crítica del inglés americano—, son pequeños huevos de Pascua que, recomiendo,
deben ustedes buscar la próxima vez que se lean el libro. Les dejo uno que me gusta particularmente:
I could hear a lot of words often repeated,
queer words, for there were many nationalities in the crowd; so I quietly got
my polyglot dictionary from my bag and looked them out. I must say they were
not cheering to me, for amongst them were “Ordog”—Satan, “pokol” —hell, “streigoica”
—witch, “vrolok” and “vlkoslak” —both of which mean the same thing, one being
Slovak and the other Servian for something that is either were-wolf or vampire.
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